La ventana tapiada, todo por medio y las agallas se me han salido esta noche al dormir. ¿Dónde está ese café milagroso que te quita el dolor de huesos? Cierto, hay que ir a molerlo pero vivimos muy alto y la luz de la escalera solo dura un par de minutos. Me pregunto cada día cómo se las ingeniará nuestro vecino de arriba para poder bajar, cuya apariencia, también hay que decirlo, me recuerda a la de una cebolla pasada de fecha, azulada y con extraños brotes. Pues entonces ahí estoy, me hayo en la puerta con los primeros pantalones que encuentro y la sudadera gigante y recorro las calles y cuando estoy subiendo con las bolsas balanceándome contra los muros desconchados de pronto y justo en ese momento es cuando recuerdo que podría haber ido a que me molieran ese café. Subir las escaleras, una frase sin comas. Respira ahora. Y otro día que se va, pero no pasa nada, de verdad. Ya mañana lo haré, desastre.
Un despiste, es solo un despiste y de pronto empieza a rodearse todo de viento ártico. He desoído los consejos y me he dejado llevar para acabar sintiendo como mi mano está cada vez más lejos del calor. Como aquel pingüino que se separa del resto y acaba por morir en un paisaje desolador. Los puñales helados se me clavan entre las costillas y, de pronto, experimento el verdadero terror. Porque aquí no hablamos de miedo: eso es lo que se tiene con antelación. Señoras y señores, el terror se hace materia y se mete en cada uno de mis vasos sanguíneos. No, no, no, no, no… El llanto, comparado con esto, hasta se convierte en risa histérica. Chillidos. Perderte por los pasillos del supermercado, en medio de la tundra, perderte en tu propia cabeza. Esa sensación de ser cada vez más y más pequeña, la pesadilla de nunca acabar, la peor película de miedo que he sido ser capaz de experimentar. El tema está en que no es cada vez más pequeña, si no cada vez más lejos: cuestión de perspectiva. Y eso no está bien, no, no, no puede ocurrir nunca.
A la de una, a la de dos, a la de tres. No me hablarías, así que bajaría a la farmacia y compraría pastillas para dormir (de esas que se venden sin receta). La idea es echarlas al de zumo de melocotón muy bien machacadas. Irme a trabajar, volver, y encontrarme el resultado en la cama, manchando la almohada de vaho y baba. El cuchillo que hace poco compramos podría servir, pero me echaría atrás en el último momento porque ¿y si me va a dar asco, fracaso y ahora cómo te explico esto? Elegiría el clásico de la asfixia con cojín, te amarraría con camisetas hechas un nudo de pies y manos. Ahora sí, a la de una, a la de dos, a la de tres. Frío. Terror. Se me pasaría por la cabeza de forma compulsiva “país sin ley de extradición”. Claro, llamo a mi madre, le pido dinero para un billete de avión, escondo los restos en el armario empotrado y para cuando se destape todo ya habré volado muy alto. No. Descartaría la opción de huir, no podría seguir viviendo así. No sé por qué. “Será por la sensación de que siempre te están buscando”. No, que va. Es simple y llanamente que no podría vivir así. Esta vez soy incapaz de huir.
La experimentación con humanos no es nada ilegal si lo haces con cautela. Yo he desarrollado una pequeña tesis de cómo rejuvenecer sin necesidad de apuntarse a una secta o echarse cremas de caracol. Mucho más fácil que eso: hay que aislarse hasta recuperar el concepto de que eres un animal disfrazado de algo sintético, a poder ser en un coto privado sin demasiada luz. Esto último ayudará a que no exista el tiempo, por lo que la tarea de crear tu propio microecosistema será más sencilla. Como complemento opcional puedes optar por algún elemento de distracción como ya nos enseñó Don Quijote. Si leer no apetece -normal, por otra parte, si no hay luz- siempre te quedará YouTube. Muy recomendado el abuso de cafeína, o en su defecto el descontrol en las horas de sueño y la alimentación: hay que alejarse lo máximo posible de la consciencia a la te has acostumbrado. Sin ser ilegales estarás matando el mismo número de neuronas además de ahorrar. Pero el dinero no será nunca una preocupación: haya o no haya, tienes que usarlo como si estuvieras intercambiando garbanzos en un falso poker. Con desidia, como si fueras un niño que no acaba de entender de qué va el juego.
Ahora viene lo más importante. Ensaya frente al espejo: día a día irás observando como te sales del cuerpo y las pupilas se te derramarán, negras, hacia adentro. Ese líquido, que yo he llamado Perrino™, será el elixir que al correr por tu garganta hará tu voz más aguda, al digerirse en tu estómago tu piel más tersa y lo más importante: al entrar en sangre tus decisiones más salvajes.
No es mi imaginación, lo prometo. Todavía de noche, afuera, en el patio. Y, mientras tomaba el té, vi una estrella parpadeando entre los edificios. Escéptica y cansada la acusé de ser avión. Error mío, un rayo cae y la estrella permanece. De mirar atenta se me nubla todo alrededor, mis ojos entonces son un perfecto teleobjetivo. Y entonces lucky stars en mis oídos, que baja como un impulso eléctrico hasta el ventrículo izquierdo. Bum, bum: corre. Luego sí, luego aviones, agua, viento, y todo eso. Pero lo que importa es la obsesión que se te graba a base de fricción en el hemisferio izquierdo. Estrellas de la suerte, Daniel, ojalá tengas razón. En todo. No quiero seguir escribiendo, estoy desconcentrada. Todo lo que me viene la cabeza es repetir una y otra vez que vamos a tener toda la suerte del mundo. Toda.
Me váis a permitir que vaya a la cocina a rellenar mi vaso, hace un calor que parece que se puedan evaporar las neuronas de cien en cien. Pero entonces lo que hacía era frío y aquellas escaleras eran el colmo de las malas noticias cada lunes a las 8:28 AM. Las legañas almacenadas en film transparente, neblina el martes, tormenta el miercoles. Cómprate un ipod para el trayecto de los 5 minutos que dura la bajada a la oficina. Serás incapaz de aguantar hasta el desayuno a no ser que una canción te taladre la cabeza. My neck hurts. Pero eso no importa ahora: atacada por los mosquitos, los oigo por el pasillo. Y hay tantos por la humedad que provoca la lluvia, la anteriormente nombrada como líder de mi salvación. La que cae en el techo de un ático, salpicarando la terraza y haciendo rebosar los vasos con un poco de ginebra y un trozo de limón ya sin sabor. Todo está lleno de luces y mi miopía me impide llevar gafas de sol. Así que cegada ando, siguiendo el zumbido de mis agresores.
Venga, cobarde, atrévete: méteme la mano por debajo de la falda, arráncame las vísceras a bocados empezando por el cuello. Vamos a jugar a juegos de niños, empecemos la fiesta sin invitar a nadie más. Tírame la bebida en la camisa y sórbe las gotas de refresco de mi clavícula derecha. Estoy nerviosa, ¿tú no? Me agito, te voy a marear, nos vamos a perder entre tanto viento, vamos a ser adultos como los que más. No te pienso dejar ganar la partida, estoy entrenada para la batalla. ¿Pero la guerra? La guerra te la cedo, sin ni si quiera oportunidad para mi de una deliciosa revancha. Me devastas, como aquel tornado que me levantaba las ganas. ¿Qué te parece si te invito a dar vueltas? Nos libraremos de las pesadillas a base de sábanas mojadas; para librarnos de la resaca no me queda remedio alguno, quizás un par de sorbos de agua y cabeza gacha contra la almohada hasta que el día se vuelva noche y la noche vuelva a ser para nosotros.
Claro que las cosas no son fáciles: ¿por quién me tomáis? Lo que pasa que una se acostumbra a que le pongan todo el buffeet por delante, a relamerse las comisuras de los labios y a salivar en cuanto oye la campanita que anuncia que todo seguirá yendo bien. Y a veces esa campanita no suena, no hay premio: ya sea por falta de esfuerzo o porque simplemente no es el momento de comer. Pero yo oigo ese tintineo a cada paso que doy. Otro asunto son los manjares ofrecidos cuando tengo el estómago lleno. O simplemente que aborrezco, igual que de pequeña lo hice por culpa de la repetición incansable: batidos de vainilla y sandwhichs de jamón y queso. ¿Que qué hacía? Fácil, el modus operandi del cobarde acomodado: esconder la comida en la cajonera hasta que se acumularan de tal manera que un día la profesora revisara tu cajón en busca de ese olor pestilente. El desastre en tus manos, los cables de los auriculares reliados, el velcro lleno de pelusas. Claro que en el colegio las puertas siempre estaban cerradas. Hello, this is Cupid.
Ya se lo decía el otro día a mi compañero de piso: si tuviera que elegir a un cantante en este mundo para irme a una isla desierta, sería a Jonathan Richman: él parece saber huir.
La hora en que me despertaré mañana es tan indefinida como mi futuro profesional. Y me da igual, si te digo la verdad. Es verano, casi llevo un año aquí y estoy sonriente como una niña el día de su cumple. Como cuando de pequeña daba saltos cuando me ponía nerviosa de lo contenta que estaba. No es que podamos tirar cohetes, lo sé. Pero sí es cierto que las banderas que ayer bajé a comprar al bazar para clavar en la montaña más alta del mundo están a buen recaudo. Y todo esto se consigue en un ambiente controlado pero caótico. Bienvenidos a la Casa de la Mortadela, mi casa hogar. De pronto, la noche. ¡Vaya, si no ha pasado nada de tiempo, si estaba desayunando! Él recoje sus esculturas, el gato se asusta de los ruídos del patio adyacente y yo empiezo otro día. Y ahora arrepiéntete, con tantos papeles sobre la mesa. Ahora coge y dime: ¡corre vámonos! Sí, claro, que te lo crees tú. Para la próxima huída no hay fecha estimada, y no sé si alegrarme.
Desde los inicios había reservado este disco para cuando vinieran las lluvias cargadas de lloriqueos y lamentos. El yanomequiere camuflado de crisis existencial y todo eso que adorna más o menos los días que van pasando. Pero no, amigo, no he podido esperar más tiempo porque el tiempo se me ha echado encima. La alarma anti incendios continúa encendida y no hay humo por ninguna parte. Nada de piiiiii. Así, con esas, levántate cada día y mírate al espejo y sé capaz de sostener la taza del café sin derramar nada. No, claro. Y lo que pretendía ser una cueva en medio de un acantilado, un escondite precioso, se convierte en un hoyo profundo, del que sólo se puede salir firmando un pacto con la propia muerte. Eso, eso es de lo que me habla ahora Yann Tambour. Paradójicamente en este blog no suelo hablar de música porque se sobreentiende, pero a mí cada cuerda que suena me hace pasar una hoja del documento sin leer la letra pequeña, porque para qué vamos a engañarnos: alguien me las ha estado chivando.